Literatura 

Lo que ve el que vive

Atahualpa Yupanqui, aquel indio sureño que toca lindamente la guitarra había contado lo siguiente: que había una estancia, de estos inmensos ranchos argentinos, y en la estancia había un peón: un hombre muy bronco y muy modesto que había pasado la vida en la estancia. Y era ya de cuarenta y tantos años de su edad, y un día el patrón le dijo: “mira fulano acá en la estancia al lado hay fiesta, la fiesta va a ser mañana y pasado, ¿Por qué no vas y ves un poco de mundo y regresas, a ver qué tal?”. El peón se fue a la estancia, cercana en las llanuras argentinas, pues estaba a 200 kilómetros de distancia cuando menos; se fue y estuvo en la fiesta en la estancia aquella; y regresó y el patrón lo veía alelado, como hipnotizado por algo interior y le preguntó: “¿Fuiste a la  fiesta?”, “Si, patrón”, “Bueno ¿y qué? ¡Cuenta!”.

Entonces dijo el peón: “¡Ah, patrón! ¡Lo que ve el que vive!!”.

Que es muy bella cosa si entendemos el reducidísimo mundo de aquel dulce peón y cómo de repente este mundo se había abierto anchísimamente para recibir al peón. ¡Lo que ve el que vive! Lo único que había visto era una fiestecita en la estancia al lado de ahí.

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